Hace rato que quería sentarme a escribir pero bueno, los tiempos de la paternidad son difusos y todo se difumina alrededor de mi hija, que es hoy la prioridad número uno en mi vida, tratando de disfrutarla al máximo porque sé que este momento dura poco y se recuerda para siempre.
Estoy en plena promoción de mis ideas escritas, tanto de mi segundo libro (junto con el primero) como de mis poemas compilados, de un taller interactivo que puede generar cambios grandes en educación, y otras ideas que fui escribiendo en el último tiempo. Me encantaría volver a actuar pero por ahora me necesitan en el nido, para que la pichona pueda aprender que tiene dos aves que la cuidan, que la aman y que la protegen en todo momento.
Estaba charlando con una simpática secretaria de escuela el otro día y le planteé de presentar mi libro en esa institución, ya que en la biblioteca de la municipalidad me están dando mil vueltas y parece que no les interesa. Ella me contestó que "hay mucho desgano en la educación". Y tiene razón. Parece que a nadie le importa si estamos haciendo las cosas bien, si lxs chicxs y adolescentes aprenden, si los métodos evaluativos, formativos o pedagógicos son los adecuados, si nos sentimos bien o mal, si nos quedó alguna resaca mental de la pandemia o qué va a pasar si los celulares nos terminan de invadir las mentes. Todo vale lo mismo. Llegamos a esa pastosidad líquida que mezcla los asquerosos poemas de Bukowski con el No Future de Zygmunt Bauman... pero aplicada a las escuelas. No importa lo que hagamos con lxs estudiantes, qué les pase o quiénes comanden las instituciones formativas, ya que lo que importa son los "buenos resultados" conductistas, que las supervisoras estén contentas con que todo el mundo cumpla con lo que tiene que cumplir y mostrarse limpitos y bonitos.
Hay un patetismo generalizado en relación a los centros de formación en los cuales se manda a lxs NNA para que se instruyan. Hay un doble discurso de cómo tiene que ser la sociedad, qué mensajes se dan en redes sociales, qué dicen los medios de comunicación sobre nosotrxs y las familias, y qué pasa adentro de las escuelas. Valemos lo mismo que un gusano torpe y desahuciado. Ganamos muy poco dinero en comparación a todas las responsabilidades que tenemos, a todo el conocimiento que debemos acumular para estar frente a un aula y todo lo que debemos soportar día a día que llega desde sus casas. Y hoy en día tenemos la "ventaja" de que nuestro trabajo no termina NUNCA: informes, subir notas, reuniones por Zoom, grupos de Whatsapp con novedades, pedidos, recordatorios, planteos, diagnósticos, comentarios de la profe de apoyo de algún estudiante, ABPs, preparar salidas y su respectivo papeleo, etcétera. Y esto lo digo siendo docente, no me puedo ni imaginar de todo el laburo burocrático ridículo que tienen que hacer las secretarias pero más las directoras y regentes, trabajo que en serio que no termina jamás. Se ha burocratizado tanto la educación que parece más un trabajo de oficina que un recinto de enseñanza-aprendizaje.
Entonces: ahora laburamos más, por más tiempo y nos pagan menos y tenemos muy poco reconocimiento. Por supuesto que va a haber deserciones masivas en educación y que va a ser una de las carreras menos cotizadas.
Antes no pasaba todo eso y la paga era relativamente más decente. Se podía sentir un poquito más que la vocación estaba acompañada de validación social aunque fuera mínima. Si querías ser docente había esfuerzo y dedicación pero también había reconocimiento y respeto. Hoy en día todo eso se perdió y no creo que se vuelva a recuperar... al menos no por un buen par de años, salvo que cambie todo el Sistema. Ya escribí dos libros y estoy planteando ese disparate al que me acompaña Mariana de las #cienideas que estoy haciendo en Instagram. Todo para pensar que hay una mínima cuota de esperanza entre tanta desazón. Y las canas nuevas que me salen todas las semanas, el menos pelo que tengo cada vez y las ojeras que se van agrandando me recuerdan que esta profesión la elegí yo, que nadie me obligó a punta de pistola a dedicarme a ser docente.
Si tuviera 18 años y no sintiera ese fuego que sentí cuando entré a Andamio en Marzo del 2009 y que mantengo al día de hoy por querer enseñar, estar frente a un grupo y aprender con y de ellxs, la pensaría dos veces y quizás me dedicaría a otra cosa.
Incluso hoy en día tengo días en que me pregunto ¿para qué estoy haciendo todo esto? ¿qué objetivos estoy persiguiendo? ¿qué gano yo siendo este obrero de cuarta, este gil trabajador con la injusticia que no se valora mi eficacia y responsabilidad frente al aula, las horas de planificación, de estudio, de comprensión del grupo, de observación y de sentarme con cada unx de lxs que veo mal en las aulas para preguntarle qué le pasa y cómo puedo hacer para que se sienta mejor? Porque a mí me importa un bledo lo que digan las supervisoras, las directoras, las regentes y los ministerios y secretarías de educación: mi método es humano y es palpable, adaptándome a lo que me sugiere cada grupo y cada individuo en particular (en lo posible). Si tengo que gastar una clase entera para hablar de problemas que les pasan, voy a invertir todo ese tiempo para que mis clases de teatro, prácticas artísticas o de ESI sean memorables y las sientan como personales. No estudié una especialización en psicología adolescente al pedo; no me jugué la vida en el COSE (porque sí, me podrían haber hecho cualquier cosa en ese lugar) para ser un profesor más, para ser un engranaje más del Sistema que sólo quiere laburar para llegar a fin de mes (sueño cada vez más utópico por cierto, en la provincia PEOR paga de la Argentina).
Si me siguen pagando con ser un suplente eterno, con un bono de cuarta trimestral que sólo ayuda a pagar algunas deudas, con la tortura de saber que me tengo que fumar los problemas sociales de muchxs estudiantes y romperme la garganta para hacerles entender que alguien SÍ les quiere hablar y SÍ les escucha, puedo pensar seriamente en mandar todo a la mierda y ponerme a hacer licores, que es algo que realmente quiero hacer y que me curaría de muchos males que estoy acumulando por ponerle el cuerpo a los errores del patético Estado de Malestar.
Pero tengo ciertas cuestiones que me atrapan y que me tientan para quedarme. Y, tal como dije en los dos libros, ahí está la verdadera paga de nuestra profesión: cuando ves lo que dejaste y las semillas germinan para recordarte para siempre de eso lindo que le dijiste alguna vez: de esa palabra, de esa frase, de esa clase que les quedó clavada en la memoria y les ayudó a ser mejores personas y más humanas.
De las tres escuelas en las que trabajo en la actualidad hay dos en las que estoy hace cinco y medio y cinco años (en la otra estoy hace exactamente un año, por lo que todavía juego de visitante). Las conozco al dedillo y puedo hablar largo y tendido de cada una de ellas. Y como este es mi espacio y mi lugar de expresión, es lo que voy a hacer a continuación.
Escuela especial: Dediqué cerca de 15 páginas de mi segundo libro a hablar de cómo doy clases acá, siendo que NO tengo ningún tipo de formación para laburar con discapacidad, pero sí una buena habilidad de observación y de escucha como para equivocarme y aprender todos los días.
Doy clase en una casa porque la DGE y la Secretaría de Infraestructura de la Municipalidad no se enteraron todavía (después de más de 10 años de quejas y expedientes) que estamos trabajando en una casa alquilada que no está en condiciones y está a esto de un accidente en el cual puedan morir al menos siete adolescentes con discapacidad y unx o dos docentes. Y esto no lo digo para generar morbo ni alarmismo, sino porque trabajo ahí hace mucho y un accidente puede pasar en cualquier momento, en aulas que no están en condiciones, que tienen las ventanas con rejas después de las tres veces que nos entraron a robar, y que tiene un porcentaje del alumnado con movilidad reducida. Ya sé lo que fue Cromañón, conozco el caso de Keyvis y soy consciente que voy a trabajar en un lugar donde mañana puede pasar lo mismo. Espero que no, pero hay días que voy triste y con pánico.
Porque no sólo me aterra poder quedar atrapado en un aula, sino la violencia a la que son sometidxs mis estudiantes porque no hay otra escuela para ellxs en 15 km a la redonda. No les queda otra más que ir ahí, a un infame edificio que pasa desapercibido en una esquina y que ni siquiera lxs vecinxs saben que en ese lugar hay personas con discapacidad tratando de integrarse al Sistema, o al menos adquiriendo habilidades básicas para su desarrollo o autonomía.
En este lugar las aulas son demasiado chicas para alojar a los grupos, los dos patios son minúsculos (no tienen espacio para correr o moverse mucho sin chocarse) y una escalera que está esperando que alguien se haga mierda. Ni hablar de que exista un aula para música y teatro, o siquiera un SUM o una sala de maestrxs. "Es lo que hay y acostumbrate". Dar clases de teatro o de educación física son un desafío constante y te obligan a tener un poder de adaptación nivel experto.
En esta institución doy clase (por ahora) al 100% del alumnado, siendo el único profe de teatro (y de ESI, cuando se puede organizar) de la escuela. Eso tiene de positivo que lxs veo crecer y lxs conozco muy bien, pero por otro lado siento mucha presión porque si no les gusta trabajar conmigo o mi método o lo que sea, van a quedarse con un estigma de mi materia por los seis años que les toca tenerme o con el teatro en general. Aunque por lo que vi, son pocxs lxs que quedan así; la mayoría tiene experiencias que no esperaban y que les ayudan a superarse.
Acá se trabaja con el corazón porque no queda otra. Resalta enseguida quien trabaja individualmente porque se vuelve despreciable en un lugar donde se premia la solidaridad entre colegas y las ganas de cuidar a todos los grupos, seas su docente o no. Hay que ir con motivación, sobre todo porque ves que se genera un cambio en esas personas. No en todas, por supuesto, pero sí en la mayoría. Y no me entra en el pecho el orgullo que siento cuando egresan o cuando consiguen un trabajo estable. Porque no es fácil para ellxs, en una sociedad que por inercia les excluye (sumado a que la mayoría vienen de contextos de extrema pobreza), y nos duelen cada uno de sus dolores, incluyendo el que sienten por no ir a una escuela en condiciones mínimas para su aprendizaje.
Escuela orientada: Esta escuela está en una zona que a priori parece complicada: entre tres villas y con una población que hace no mucho metía miedo. Eso hizo que bajara la matrícula horriblemente hace unos años y que pocxs se atrevieran a meterse. Por suerte, gracias a un cambio de gestión administrativa y de muchas personas que quisieron levantarla moralmente (yo justo caí en el medio), ahora tiene otra fama, con un mayor reconocimiento (aunque le siguen pegando golpes en ciertas competencias interinstitucionales) y con un sentido de pertenencia que se fue ganando con coraje y amor por la educación de sus discentes. Sí, siguen habiendo problemas, pero ya no se siente peligro dentro de la escuela, sino mayor confianza y ganas de salir adelante en grupo.
A nivel edilicio tiene mucho espacio y dos patios muy grandes para poder desarrollarse. También la ironía de tener instalados paneles solares que no sé por qué carajo no se usan... en una provincia donde sale el Sol 310 días al año.
Acá me divierto muchísimo dando Prácticas Artísticas y esta es la clase que me da ganas no sólo de seguir enseñando sino de vivir para siempre. Soy inmensamente feliz planificando o explicando sobre artes a adolescentes, jugando con ellxs y aprendiendo sobre uno de los temas que más me apasionan.
Esta es mi otra casa, en la otra punta de la ciudad, donde todxs me saludan cuando llego, sean mis alumnxs o no, porque les hablaron de mí o vieron las performances que hice años anteriores. Me siento muy a gusto y disfruto de todo lo que hago, por lo que los 45´ de viaje siempre valen la pena (que últimamente estoy aprovechando para jugar un Catan en Colonist despuntando un poco el vicio :P).
Ya habiendo dicho todo lo que dije acá, en este descargo de tinta virtual, espero que la veleta gire un poco próximamente y no me quede vagando en esta eternidad de dar clase para sentirme un pelotudo al que le pagan dos mangos (nota al pie: y si yo creo que gano poco por mi esfuerzo y mi trabajo, es porque no veo a mis colegas celadorxs, que ganan la mitad que yo por el doble de tiempo...) porque nadie se quiere poner en nuestro lugar ni bancarse a esta nueva generación de ex-pandemiadxs, con conflictos sociales latentes y más dolores de los que pueden llegar a comprender en sus cortas vidas. Pero para eso estamos nosotrxs también, que nos gusta el peligro y meternos en la boca del lobo para sacarlxs de ese infierno y hacerles sentir que sus vidas realmente valen la pena, aunque nos juguemos nuestra salud física y mental en el intento. Sino, no seríamos docentes :).
Para finalizar este manifiesto hay algo que puedo prometer porque ya lo empecé: si sigue esta abulia generalizada por la educación, mi próximo libro en lugar de tratar del por qué y cómo de las escuelas, va a tratar sobre ratas gigantes y pollos radioactivos. Y lo peor de todo es que seguro que va a tener más éxito que mis seis años de investigación para mejorar el presente y futuro de la humanidad.
Nos vemos en mis presentaciones o a la salida de la escuela.